He sacado un nuevo libro a la calle. Por la venta de cada libro donaremos (la editorial y yo) 5€ a una asociación para la defensa de los animales. Para explicar por qué he hecho esto, lo mejor es copiar los textos de introducción del libro.
Las razones de algunas cosas
Descubrí
los mandalas y empecé a pintarlos en 2004. En esa época estaba
intentando superar el estrés generado por problemas de salud,
propios y ajenos, además de enfrentarme a cambios sustanciales en mi
vida. Para quien no me conozca eso posiblemente no signifique nada.
Seguramente más de uno pensara que me dediqué a los mandalas como
podría haberme decantado por hacer un curso de fotografía o de
cerámica. El caso es que nunca en la vida hasta entonces había
sentido la necesidad de hacer cosas con las manos. Hasta ese momento
la palabra era la única forma de expresión que era capaz de
contemplar. A día de hoy sigo sin tener muy claro qué fue lo que me
hizo coger lápices y pinceles en ese momento. Posiblemente
necesitaba nuevas formas de expresión para interiorizar sentimientos
y situaciones que eran nuevos para mí. Más adelante sentí la
necesidad de ir un poco más allá y empecé a diseñar mandalas para
que otras personas pudieran colorearlos. En 2007 publiqué mi primer
libro “Mandalas para la armonía interior” y en el presente año
he decidido que era el momento de publicar otro libro. Eso sí,
quería que el libro sirviera para “algo más” y por eso propuse
a la editorial Vessants que se hiciera una donación de 5€ a una
asociación para la defensa de los animales por cada libro vendido.
¿Por
qué los animales? Quien me conoce poco seguramente habrá notado que
suelo pararme a saludar a los perros y gatos con los que me cruzo;
los que me conocen un poco más saben que han sido raras las épocas
de mi vida que no he compartido con algún animal; los que me conocen
mucho seguramente habrán escuchado esa anécdota de mi infancia que
lo dice todo. Cuando tenía dos años mis padres me llevaron a una
granja y tuvieron la genial idea de meterme en en comedero de las
vacas para que las viera bien. Las vacas iban comiendo, y de vez en
cuando su lengua rozaba mis piernas. En lugar de asustarme y ponerme
a gritar, que es lo que suele pasar cuando a un niño le enfrentan
con un bicho cuya cabeza es mayor que él, dicen que se me iluminó
la cara y que exclamé sonriendo: “¡Mirad, las vaquitas me dan
besos!”.
Tuve
la suerte de crecer en un entorno rural. En las casas de mis abuelos
había animales. Perros y gatos, pero también gallinas, palomos,
conejos, ovejas, cabras, cerdos y caballos. Recuerdo que mi abuelo me
enseñaba los dientes de la yegua, y que le pedía permiso a mi
abuela para ir a buscar los huevos cuando las gallinas se ponían a
cacarear, cada día a mediodía. Una vez incluso llegué a rescatar a
un ratón herido y costó mucho hacerme entender que los ratones no
eran la clase de animal que uno quisiera tener en casa.
Sí,
he tenido la suerte de compartir muchos momentos de mi vida con los
animales y, precisamente por eso y porque soy perfectamente
consciente de todo lo que aportan a nuestras vidas, he querido que
este libro sirva para ayudar a su bienestar.
Las
asociaciones de animales hacen un trabajo poco visible y a menudo
poco comprendido por la sociedad. Este libro ha nacido para
agradecerles todo el tiempo, esfuerzo, dinero y, sobre todo, la
ilusión que ponen en cada animal que rescatan de la calle o de las
perreras.
Quienes
hemos convivido con animales sabemos que los lazos que se establecen
con ellos son especiales, únicos y duraderos. Nos observan durante
horas, son capaces de predecir nuestros movimientos, nos esperan
junto a la puerta, saben que lo que han hecho no nos gusta... Ellos
son transparentes y nobles, van de frente y seguramente por eso
consiguen que les mostremos nuestra parte más auténtica. Esta es la
otra razón para este libro, hacer un homenaje a todos los animales
que me han hecho ser más yo a lo largo de mi vida.
Nuestra contraportada
Las fotos de la contraportada son de algunos de esos animales que se han cruzado en mi vida. Algunos están conmigo ahora, otros encontraron una familia, otros se han ido para siempre, pero todos ellos, y los que vendrán, serán parte de mí. Es por eso que quiero compartir algunas de sus historias, porque son parte de mí.
Menut
es el perro que ocupa el centro de la contraportada. Nos encontramos
en Ibiza, en una tarde de enero, en 1996. Él tenía unos tres meses
y se quedó conmigo hasta su muerte, hace pocos meses. Han sido más
de dieciséis años juntos. Es más tiempo del que he pasado con
nadie, aparte de mis padres, y juntos hemos vivido en al menos cinco
casas diferentes y en dos países. Menut era ese perro que todo lo
entendía y que todo lo percibía, ese que sabe cuándo estás triste
y cuándo necesitas compañía. Una amiga mía lo definió
perfectamente: “es un perro feliz”.
Preta,
en la foto que está justo debajo de Menut, se sumó a la familia en
noviembre de 2005, cuando vivíamos en Portugal. Vivía en la calle,
con otros cinco perros. Una noche, cuando fuimos a llevarles comida,
descubrimos que estaba herida: le faltaban la primera falange de los
dos dedos centrales de las patas traseras. La metimos en casa “hasta
que la curemos”, pero después de tres meses de varias curas
diarias fuimos incapaces de devolverla a la calle. Cuando decidimos
volver a Mallorca, Preta volvió con nosotros porque ya era parte de
la familia y ni se nos pasó por la cabeza la idea de dejarla en
Portugal. Tuvimos que decirle adiós en octubre de 2009, cuando quedó
mal herida después de saltar por el balcón por tercera vez, cuando
intentaba huir del monstruo eléctrico que la tenía aterrorizada.
Nunca supimos la razón, pero siempre que había un chispazo o
saltaba el diferencial, ella se cegaba y huía. Era una perra con
unos traumas antiguos que nosotros no podíamos controlar ni curar,
pero tenerla en casa fue maravilloso y aun hoy la echamos mucho de
menos. Era una perra dulce y tranquila que socializó mucho a Menut,
aunque también le enseñó trucos de perro callejero, como hurgar en
la basura, por ejemplo.
En
2006 llegó Moix, también cuando vivíamos en Portugal. Llegó con
sus seis hermanos y hermanas y con una conjuntivitis que compartían
entre todos. Alguien les abandonó en la calle antes de que supieran
comer solos, así que hubo que curarles los ojos, alimentarlos a
biberón y luego enseñarles a comer. Encontramos casa para una de
las hermanas y el resto tuvo que irse a una asociación. Moix se
quedó con nosotros y desde entonces es el que manda en casa. Es
guapísimo, pero temperamental, testarudo, dominante y exigente, es
decir, como la mayoría de gatos. Con el tiempo se le va suavizando
un poco el carácter y ahora algunas veces hasta nos sorprende
buscando mimos a deshoras.
La
última en llegar para quedarse ha sido Fosca, la que sale en la foto
con un osito rosa, en mayo de 2011. La encontré en Facebook, en una
foto de los animales que el Centro Canino Internacional tenía en
adopción. Ese mismo día fuimos a buscarla. No fue una decisión
repentina, sino más bien fue que todas las piezas encajaron en ese
momento. Desde la muerte de Preta la salud de Menut se había ido
deteriorando rápidamente y teníamos claro que no iba a durar mucho
más y que no queríamos quedarnos sin perro en casa. Yo llevaba como
un año mirando fotos de perros que necesitaban adoptantes, la
mayoría de veces buscando otra Preta aunque no quisiera admitirlo.
Quería una hembra, a ser posible negra, mediana o grande y que fuera
un cachorro, para que se acostumbrara a Moix. Dentro de lo posible
quería que fuera tranquila y sumisa, porque Menut estaba muy mayor y
lo último que necesitaba era un cachorro mordiéndole las orejas...
en cierta manera era como buscar una aguja en un pajar, hasta que la
conocimos. Hoy puedo decir que Fosca también es una perra feliz, y
que nunca antes había conocido a otro animal de tan buena pasta como
ella.
Los
otros perros que salen en la contraportada llegaron, estuvieron con
nosotros el tiempo que hizo falta y luego se fueron a una casa de
adopción. Su paso por nuestras vidas fue breve pero siempre dejaron
algo. A menudo nos acordamos de un gesto, de algún detalle, de algo
que les hacía especiales. Ahora mismo tenemos en casa dos cachorros
que alguien abandonó cerca de un contenedor hace algunas semanas. En
estas tres semanas hemos visto como se les caía el cordón
umbilical, como abrían los ojos y se les despegaban las orejas, como
iban sacando los dientes... como cada uno va desarrollando su forma
de hacer. Uno es más activo y el otro más tranquilo, uno tendrá el
pelo corto y el otro largo, uno duerme en cualquier sitio y el otro
prefiere estar debajo del sofá... Pronto se irán a su casa de
adopción, pero habrán dejado algo atrás, en esta casa.
Es
por todos esos animales y por las asociaciones y los voluntarios que
ha nacido este libro. Esperamos que lo disfrutéis.
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